Es cada vez más común ver videos en redes sociales donde un vehículo eléctrico deja atrás a autos deportivos de combustión apenas cambia el semáforo. La diferencia no se explica solo por los caballos de fuerza, sino por una forma distinta de transmitir la energía hacia las ruedas.
La clave está en el torque instantáneo. Un motor eléctrico entrega su fuerza máxima desde el momento en que se pisa el acelerador, sin necesidad de aumentar revoluciones para lograrlo. En cambio, un motor de combustión debe completar una cadena de procesos antes de mover el vehículo: ingreso de aire, mezcla con combustible, generación de chispa, movimiento de pistones y transmisión de esa energía a través del embrague, la caja de cambios y el diferencial. Ese proceso ocurre en segundos, pero implica pérdidas de energía y un pequeño desfase, además de que el motor necesita alcanzar entre 1.500 y 4.500 revoluciones por minuto para entregar su torque máximo, dependiendo del modelo.
Un eléctrico elimina buena parte de esos pasos: la energía va directo de la batería al motor, con una transmisión mucho más simple, lo que permite una respuesta prácticamente inmediata al acelerar.

A esto se suma el papel de las baterías de ion-litio, capaces de liberar grandes cantidades de energía en poco tiempo gracias a su alta densidad energética. El motor eléctrico también tiene menos piezas móviles que uno de combustión, por lo que pierde menos energía en el proceso y aprovecha mejor la electricidad almacenada. Los sistemas de gestión térmica y electrónica ayudan además a mantener un rendimiento estable durante una conducción exigente, mientras que el frenado regenerativo recupera parte de la energía en las desaceleraciones, aportando eficiencia adicional al sistema.
Otro factor relevante es la transmisión. La mayoría de los eléctricos usa una sola relación de marcha, a diferencia de los motores de combustión que cambian entre varias velocidades. Esto elimina las interrupciones propias de un cambio de marcha y permite una entrega de potencia continua.
Las cifras reflejan esta diferencia: el Tesla Model 3 acelera de 0 a 100 km/h en 2,9 segundos, el Volvo EC40 Recharge 2024 lo hace en 4,8 segundos y el Hyundai IONIQ 6 en 5,1 segundos. Un caso destacado es el Volvo EX30 Twin Performance Ultra, con 315 kW (422 caballos de fuerza) y 543 Nm de torque, que alcanza los 100 km/h en 3,6 segundos, siendo el Volvo de producción más rápido fabricado hasta ahora.
El mayor peso de los eléctricos, generado por sus baterías, tampoco juega necesariamente en contra. Al ubicarse en la parte inferior del vehículo, este peso baja el centro de gravedad, mejora la estabilidad, reduce el balanceo en curvas y favorece una mejor tracción al acelerar.
Sin embargo, estos vehículos también presentan limitaciones frente a los de combustión. La transmisión de una sola velocidad puede restringir la velocidad máxima: modelos como el Volvo EX30, EC40 Recharge, XC40 Recharge y EX90 están limitados electrónicamente a 180 km/h. A esto se suma el peso adicional de las baterías respecto a un vehículo equivalente de combustión.
En contraparte, la menor cantidad de componentes mecánicos —al prescindir de embrague, caja de cambios tradicional o sistema de escape— reduce el desgaste y los costos de mantenimiento. Como referencia, el Volvo EX30 requiere servicio cada dos años o 30.000 kilómetros aproximadamente, casi el doble del intervalo habitual en un modelo equivalente a gasolina.